Charo Salguero Venegas y sus ojos, siempre pintados de azul, lleva décadas fiel a la cita con sus clientes en el mercado de abastos de El Puerto .

 

Era una chiquilla. Él venía de la Base de Rota. Era americano. Le regalaba un ramo de flores y ella le vendía un ramo de churritos. Él se las traía en papeles de colores. Ella se los ponía en papel de estraza. No había maldad, porque el americano le compraba también flores… y churros, a su mujer, que esperaba aquel regalo de domingo al despertar: Flores para la vista y calentitos para el estómago, ponle agua a las margaritas y a mi una taza de café.
Charo Salguero Venegas ya lucía por entonces sus ojos adornados de celeste. Nunca ha cambiado de color… es de ideas fijas. Toda las mañanas llega a la plaza de abastos de El Puerto de Santa María a las siete de la mañana. Saluda a sus hijos, que ya preparan la masa, y se va a ver a Vicente, al bar Los Pepes, donde bendice las mañanas con algo calentito.

A las ocho y media ya está con el babi blanco puesto y dispuesta para enfrentarse a las ruedas. Como única arma unas tijeras y muchas ganas de conversación, porque las churreras son como presentadoras de telediario… son las que mejor comentan la actualidad. Charo es como Ana Blanco, pero en churrería, aunque en vez de en una pantalla de plasma cada mañana aparece asomada en una ventana decorada, a un lado, con su marido y su padre en una de las antiguas churrerías y al otro con Juan Echanove que un día vino a verla con Angelito León, “si hijo, el muchacho de los pescados”, para sacarla en televisión.

Cola en el puesto de Charo.

Sus churros le gustan hasta a los pájaros, porque lo primero que hace Charo cuando llega después de tomar algo calentito en el Bar Vicente es darle de comer a sus clientes con alas. Ella dice que le gustan mucho más que las migas de pan.

Luego ya la vida pasa a ritmo de cuartos y octavo. En el mercado de abastos de El Puerto hay dos capillitas. Una es de la Inmaculada Concepción y otra alicatada de azulejos blancos de los cuadraítos donde Charo hace milagros de fritura calentita a 8 euros el kilo. Los sábados y los domingos, que es fiesta de guardá, la felicidad se reparte a ruedas “de los finos” y “de los gordos”, que son como churros que no van al gimnasio y se ponen abuñolados.
Cuenta la historia en base a los peroles. Los conoció alimentados por carbón y leña y ahora sus hijos, que se alternan para ayudarle, los manejan alimentados con gas, con un poquito menos de calor. Pero en lo que no ha cambiando nunca esta mujer, que el próximo 28 de diciembre cumplirá 73 años, es en la forma de pintarse sus ojos, siempre en celeste clarito y con rabillo negro bien visible. Ni cuando se casó con su Alfonso, de quien enviudó hace 6 años se lo quitó: “Vino una muchacha a pintarme y mira… que no me gustaba… que no me gustaba. Así que cogí, me lo quite y me puse mis párpados celestes y mi rabillo negro”.

Ni sus 73 le impiden cada mañana, “menos los lunes que viene mi hermano Selu, que es el que mejor fríe las papas del mundo”, acudir a su trabajo. Sus manos, con un anillo en cada una de ellas, ya ni se queman al cortar las ruedas. La conversación la ofrece gratis. “A mi la gente me quiere mucho” comenta enfundada en su babi blanco, como de enfermera, limpio, sin ningún lamparón de grasa, aunque parezca imposible. A veces, aunque cada vez menos, incluso canturrea algo.

Quizás ya no vuelva el americano de las flores, Pero Charo, la churrera de los ojos pintaos en celeste, la churrera celestial, sigue repartiendo churros empaquetados en estraza hasta a los pájaros… ellos agradecidos le cantan por Pio, Pio.

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