La cuna de la cocina vasco – andaluza acoge la apertura de On Egin, una propuesta sin mestizajes… para quitarse la txapela

 

Abrieron a principios de julio… y nunca parece haber sitio para sentarse. Probamos cómo es el nuevo restaurante vasco, On Egin, que ha abierto en la calle Plocia de Cádiz.

Esta zona del casco histórico gaditano, actualmente llena de bares y restaurantes, fue escenario hace unas décadas de un movimiento gastronómico que llego a tener bastante fuerza en la provincia: la cocina vasco andaluza. Guisos al estilo de norte pero con productos del Sur que practicaba el Sardinero en San Juan de Dios y continúa en Atxuri en Plocia. El modelo también está presente en la provincia, con establecimientos como Vascook de Conil (que acaba de abrir en Chiclana) o el desaparecido La Baska de San Fernando.

Los espejos multiplican el espacio. Fotos de Cosasdecomé.

Pero ahora, con On Egin, la calle Plocia pasa a ser directamente Plotxia. Aquí no hay mestizajes. Pintxos, productos traídos del norte -de las carnes a las bodegas- componen la oferta de este pequeño local con terraza. El local había sido anteriormente el Arco de Plocia. Dentro, un recinto estrecho, que ha abandonado los colores blancos que tenía anteriormente. La idea,  recrear un ambiente como de sidrería vasca donde predomina el rojo y el negro. A cada lado de la estancia hay una hilera de mesas con bancos de estos acolchados, de los grandes. Hay que empinarse para subir, pero resultan cómodos. A pesar de que los muebles abultan bastante, parece haber más espacio que antes gracias a los espejos colocados estratégicamente en las paredes. En la decoración, detalles como los jarrones de flores secas o una lámpara de botellas. Al fondo hay una barra destinada al uso del personal de sala. Más grande es la terraza, donde han puesto un par de botas, mesas bajas y macetas. La valla de la obra que está justo al lado la han disimulado con un cartelón con el nombre del restaurante y las plantas.

Un grupo, sentado en las mesas del interior. Foto de Cosasdecomé.

Una vez con la carta en el móvil gracias a un código QR, nos ayudamos a tomar una decisión con un txacolí Katxiña (2,5 euros la copa). El vino está bueno, y Lander es quien lo sirve y explica que la bodega que lo elabora es de un amigo. Lander Urquizu, junto con Digna Vidaurre y el hijo de ambos, Pol, son los propietarios del nuevo establecimiento (la historia completa, aquí). Se ve que allá en el norte han dejado muy buenos amigos, porque la sidra con que acompañamos el resto de la comida (Astaziaran, 6 euros la botella) está estupenda y también es de una amistad de la familia.

La sidra, por cierto, la sirve escanciada: desde lo alto, y echando en el vaso poco más que un culito. La botella tiene puesto un tapón especial que facilita la operación, así que una vez que la botella queda en la mesa, los clientes pueden imitar la maniobra sin grandes dificultades.

Las gildas. Estas no cantan, encantan (perdón).

Pero vamos a lo que es comer: empezamos por los pintxos, para poder probar varias cosas diferentes y hacernos un poco a la idea. Y no podíamos empezar por nada más clásico que las gildas (2,30 la unidad), con sus aceitunas, piparras y anchoas, todo ello sobre un pan y su poquitín de aceite… y buenísimas, con ingredientes bien elegidos. A continuación, una tortilla que merece subir del tirón al cielo de las tortillas. En la carta hay dos tortillas, el pintxo de tortilla de patatas y el plato de tortilla de bacalao al estilo de sidrería vasca. Nosotros pedimos la primera (también a 2,30 euros). Punto jugosito -algo cremosa, pero no tanto como para que se desmorone- y una cebolla pochada en un estado de transparencia tan conseguido que es una gozada encontrársela.

Seguimos con un Puding de Cabratxo (2 euros). Es otro pintxo, y se trata de una montaña de paté de cabracho sobre pan. Rematan la cima unos puntitos de mayonesa. El paté trae tal grosor que, si te sirvieras esa cantidad del paté tu suegra en la cena de Navidad la mujer te miraría mal -y con razón- hasta Semana Santa. El de On Egin está muy bueno, sabroso y con textura. La montaña y sus puntitos de mayonesa desaparecen en tres bocados.

El paté de cabracho. Obsérvese la relación entre el grosor del pan y el del paté.

No nos podíamos ir sin probar un plato de bacalao, y elegimos el confitado con sus callos al pilpil (10 euros). Bueno y en su punto el bacalao, también muy conseguido la textura y el sabor de los callos, y el contraste con los ajitos laminados. Para rebañar.

El bacalao confitado con sus callos al pilpil.

Rematamos la jugada de forma redona: con unas croquetas. Las hay de bacalao y de queso payoyo, y nos decidimos por las primeras (8,5 euros).

Las croquetas, en fila india.

Las croquetas llegan en fila india sobre un plato largo. Por cierto, y hablando de platos: muy cuidado también todo el tema de cubiertos y vajillas. Vamos al croqueteo: Rebozado crujientito pero suave, cremosas por dentro pero con textura.

Nos hubiera gustado probar las costillas de cerdo que nos ha recomendado Pol, pero a medida que avanzaba la cena teníamos más que claro que íbamos a repetir y que la próxima será una experiencia más carnívora, porque en la carta (que puedes ver aquí) no faltan las tentaciones de la carne, incluyendo un txuletón de carne premium de un kilo… y así de paso tenemos una excusa para volver a probar la sidra, que ya le estábamos pillando el truquillo a eso de escanciarla desde lo alto.

Más información sobre este establecimiento, aquí. 

Pinchar para disfrutar del chuletón de buey gaditano
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