El Bar Vicente Los Pepes de El Puerto, el bar de los dos nombres, es uno de los «museos» más visitados de la ciudad. El sitio, que acaba de pasar a manos de la tercera generación de la familia con la jubilación de Vicente Sordo Fernández, conserva intacta su estética de mediados del siglo XX. Los carteles antiguos colgados de sus paredes rivalizan con las «esculturas» que se sirven en platos de loza blanca.

 

Me gustan los museos que «huelen». A las nueve de la mañana el bar Vicente, uno de los monumentos más visitados de El Puerto, huele a mollete de Antequera embellecido con lonchas de chicharrones. Suena a máquina de café y a «crujir» de churros que traen del puesto de Charo, otro «monumento» de la ciudad. En tiempos más normales, un turista estaría mirando embobao un cartel amarillo chillón que anuncia las destilerías Gil. Inmaculada González interpreta albóndigas en tomate al son de la cacerola. Parece como si el reloj se hubiera anclado en los años 50…

Es un sitio imprescindible, pura historia de El Puerto, pero historia de la de verdad, de la que se escribe en el ir y venir de los mercados de abastos. Es el Bar Vicente Los Pepes, ese que sale en todas las guías turísticas, el mismo que tiene clientes habituales que son hijos e incluso nietos de clientes habituales. Probablemente, uno de los bares con más encanto de toda la provincia.

Vicente Sordo -el segundo Vicente Sordo a cargo del establecimiento- nos hace de guía en el recorrido por la historia de uno de los primeros bares con tele de la localidad, que tiene auténticos tesoros colgando de las paredes y setenta años a sus espaldas con su nombre actual. Vicente lleva unos meses jubilado y hace tiempo que no aparece por el bar. La primera parada la hace en una vitrina situada en la sala del fondo del bar, donde conserva sus objetos más preciados, especialmente libros. Es un gran lector y conserva allí sus ejemplares predilectos, muchos de autores portuenses y presentados en las citas culturales que se celebraban una vez al mes, los jueves. Quiere aprovechar la visita para llevarse a casa uno que ni siquiera se ha llegado a editar, un manuscrito del portuense Joaquín García de Romeu basada en la historia del Arropiero titulado Siempre quise ser un travesti y llamarme Vianka. Parte de la acción se desarrolla entre los veladores del Bar Vicente.

Interior del Bar. En la imagen de arriba del todo, de pie, Vicente charla con unos clientes.

En esta sala de atrás no hay mesas: hay carteles, muchos de ellos de taurinos, entre otros recuerdos, y en una esquina, los baños. Hubo un tiempo en el que era una de las salas más concurridas del Bar… pero vayamos por partes.

Hay que remontarse a los años 20 para encontrar el origen de este establecimiento. De esta historia se ha escrito mucho, por lo que vamos a ir rapidito. José Ruiz Sordo, un montañés de la aldea de Camijanes, abrió el establecimiento en 1926 y lo bautizó como Las Mellizas en honor de sus hijas. En 1945, Ruiz traspasa el establecimiento a José Sánchez Sousa que le llamó Los Dos Pepes por él y su hijo. Este hombre, que acabó abriendo en Cádiz Picos Brasileños primero en San Francisco y después en Mina, era muy popular… y también algo extravagante: viajaba en su vehículo con un maniquí al que ataviaba según la ocasión.

En el año 50, el dueño de Los Dos Pepes traspasa parte del negocio a Vicente Sordo Díaz, un pariente de José Ruiz Sordo, también montañés de Camijanes, que lo rebautizó con el nombre actual. La otra parte, correspondiente a la zona de ultramarinos, se la traspasó a los dueños de la confitería La Perla. Ambos locales quedaron divididos por una mampara de madera que aún sigue ahí. En el Bar Vicente conservan una foto del antiguo Bar Los Dos Pepes, y si algo llama la atención es que poco parece haber cambiado. Ha desaparecido el ultramarinos del fondo, sí, y el gran letrero sobre la barra… y poco más. De hecho, algunas de las serigrafías del bar, las más antiguas, ya estaban cuando se realizó el traspaso.

Tres generaciones… y los tres se llaman Vicente Sordo. Padres e hijos posan juntos.

Vicente Sordo -explica su hijo- era un trabajador incansable, que no faltaba a su cita con los clientes ni por tener un brazo en cabestrillo. Cuando veía llegar a Vicentito con cates del colegio, lo castigaba. Así se pasó su hijo Ferias, Semanas Santas y festivos variados sobre un cajón, ayudando en el bar para purgar sus pecados escolares. Explica el hijo que los montañeses tendían a darle carrera a sus hijos, pero él fue  un mal estudiante y no hubo manera, así que acabó en el bar. Aunque quien sabe, quizás esto es lo que salvó al Bar Vicente de convertirse en una sucursal de banco o un bazar chino. Vicente Sordo Díaz murió con 90 años, en el 2012. Su hijo lo recuerda con emoción, la misma con la que habla de un primo suyo que también se fue, Angelín. Las fotos de ambos los recuerdan en la sala del fondo.

En estas décadas, en el bar ha pasado de todo. Ha habido momentos de película, pero literalmente, porque allí se rodó Demasiado Corazón, con Antonio Banderas y Victoria Abril. También hubo muchos momentos consagrados a la pequeña pantalla. Este fue uno de los primeros establecimientos de El Puerto en tener tele. Estaba en la sala de atrás, y la gente la llenaba para disfrutar de la limitada programación de la época. Para que el camarero no tapara la tele, les servía agachadito y sentándose en el cajón que llevaba en la mano que le dejaba libre la bandeja.

El segundo Vicente habla de la importancia que el personal ha tenido a la hora de hacer de este bar lo que es. Algunos abrieron sus propios bares, y otros comenzaron de chicucos y se jubilaron allí. Mención aparte a Inmaculada González, que con 32 años en la cocina, es la artífice de molletes mañaneros y albóndigas del mediodía. Vicente la observa trabajar. Inmaculada tuesta el pan, y coloca a la vera del tostador los pequeños recipientes monodosis de mantequilla para que estén algo más blanditos cuando se sirven. Hace frío, y niebla, y este gesto oculto se agradece mucho a la hora de untar el pan. Este detalle, explica Vicente, ya habla por sí solo del cariño que le echa Inmaculada a su trabajo, de su forma de hacer las cosas.

Las claves del éxito

Inmaculada González, en la cocina.

«Honestidad». Es la primera palabra que se le viene a la mente cuando se le pregunta por las claves del éxito prolongado del bar. La de su padre, la de él mismo, y la de la tercera generación, el tercer Vicente Sordo, en esos momentos tras la barra. Y el personal, claro. Y productos de calidad, explica tras saludar al proveedor de Catunambú. Y el público, los clientes del todos los días. Vicente ha dejado la melancolía junto a las fotos de su padre y su primo, en el salón de atrás. Inicia un recorrido por la luminosa sala. Saluda a los clientes por sus nombres. Le pregunta a Manuel El Caña si sigue entrenando antes de recorrer los «sagrarios». Le habla a una señora de su antepasado -retratado en el bar- y agradece una vez más a otro cliente todos los carteles taurinos que ha legado al bar. Y así, prácticamente mesa a mesa, sonrisa a sonrisa. Propone hacerse una foto con su hijo que imite a la que él tenía con su padre. En el fondo de esta antigua foto salen dos señoras, dos clientas. Llama a un cliente que anda por una de las mesas del fondo: ¿estas no son tu madre y tu abuela? Sí, lo son. Este no es un cliente habitual: es un cliente generacional. Y no es el único.

Y junto a ellos, los turistas. La gente de fuera ha traído muchas alegrías a este céntrico establecimiento, que sale en todas las guías habidas y por haber. Ya no están aquí, por la pandemia, y se les echa de menos. Las serigrafias y cuadros, el ambiente, los veladores y los inmutables azulejos -es imposible cambiar nada en este bar. Vicente asegura que por poco no lo «lapidan» por desplazar unos metros la máquina registradora para sustituirla por una caja moderna, de las de pantalla táctil- son un imán para los visitantes. Algunos de estos cuadros causan otra de las peculiaridades del establecimiento: las mesas tienen nombre.

El desayuno, una mañana de lunes.

En un bar, las mesas suelen numerarse para organizar el servicio. Aquí sólo se hace eso con las nuevas, las de la terraza. Las de dentro «tienen mote, como los perritos». La que está entre la barra y la ventana es «la del abuelo», porque allí se sentaba Vicente Sordo. Están la del Águila, las Coquineras, la del Patio… y la del número. Y es que uno de los camareros del bar mantenía actualizada una pizarrita situada allí, con el número que hubiera salido en el número de la ONCE ese día.

No ha faltado gente que haya donado cuadros al establecimiento… pero tampoco falta quien intenta comprar. No hay nada en venta. Vicente considera estos objetos patrimonio del El Puerto y, de hecho, alguno ha estado en alguna exposición. Mientras recoloca una botella de Tío Pepe, de las de chaquetilla y sombrero, en un lugar más seguro, explica que ahora, ya jubilado, le gusta venir los domingos por la mañana, cuando el bar está cerrado y vacío, para poner «los cuadritos derechos».

Aquí, la receta de las albóndigas en tomate.

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