El Bar Finlandia ha cumplido medio siglo. Ya en manos de la tercera generación, conserva la misma carta para unos parroquianos que se resisten a los cambios en su santuario.

 

Soumi Baari. Esas dos palabras significan Bar Finlandia y aparecen, junto con el mismo nombre pero en español, en la fachada de un establecimiento abierto en La Linea en el año 68. El cartel lleva medio siglo confundiendo a los nórdicos que llegan a la localidad, que entran alegremente en el lugar creyendo haber topado con la casa del pueblo, saludando en su idioma y pidiéndose un vodka. Almudena y Vanessa se encargan de explicarles en inglés que allí lo único que hay finlandés es el nombre del local.

Son hermanas y representan la tercera generación al frente del negocio que fundaron sus abuelos, Miguel Escalona y Carmen Guerrero. El nombre del bar es una consecuencia del sueño de Miguel de embarcarse: estuvo en un barco alemán que llegó hasta Helsinki, y se enamoro del lugar. Así que, cuando regresó a su tierra natal y surgió la oportunidad de hacerse con un bar -entonces llamado San Felipe- lo rebautizó con el nombre de aquel país. Volvió a embarcar con el negocio ya en funcionamiento, y fueron las amenazas epistolares de su mujer de cerrar si no volvía de inmediato lo que le hicieron regresar a tierra firme. Tenía sus razones para quejarse, porque el  bar en aquella época abría de madrugada y cerraba cuando se iba el último parroquiano… de nuevo de madrugada. El panorama de Carmen se completaba con dos hijos pequeños, un camarero no demasiado escamondado… y un marido surcando los mares.

 

Incluso con la familia de nuevo reunida, el ritmo del bar no era fácil de llevar. Así que mataron al bisabuelo, y no una, sino varias veces: cuando daban las tantas y los clientes no se iban, Carmen irrumpía en el local y anunciaba que su suegro estaba malísimo, en el hospital. Esta maniobra permitía cerrar el local y que Miguel durmiera unas pocas horas -a veces sin desvestirse siquiera- para afrontar las siguientes jornadas.

Esos horarios, afortunadamente, han cambiado en un local que se resiste a las modificaciones y que, medio siglo más tarde, conserva la misma carta que crearon sus fundadores. Una carta que les ha procurado la fama especialmente por su pulpo, un producto característico de La Línea que preparan de varias formas y también por el “Currito”, una rebanada de pan tostado que cubren con una crema de queso realizada por ellos mismos y taquitos de jamón serrano. Explica Vanessa que siguen realizando los platos como siempre aunque sea a costa de más trabajo en cocina, como el de la engorrosa limpieza de las sardina arenques.

El patio del bar, actualmente.

El patio del bar, actualmente.

El Finlandia es de esos sitios en los que el más mínimo cambio es mirado con lupa por los habituales. Acuden con sus nietos, “y si ven algo diferente, dicen: Vane, qué lástima'”, explica. Carmen Escalona, la madre de Almudena y Vanessa, ideó una fórmula para introducir alguna novedad sin que nadie se quejara: los fuera de carta. Además de lo de siempre, hay sugerencias del día que se salen del repertorio habitual, una técnica que ahora siguen las hijas.

Y es que la tercera generación afronta el medio centenario debatiéndose entre el peso de una tradición que les gusta conservar, y la preocupación por atraer a nuevos clientes y hacer cosas nuevas. En todo caso, asegura Vanessa, en el día a día hay que “echarle mucho respeto” y entrar por la puerta “con ganas”.

Dirección, teléfono y más datos sobre el establecimiento, aquí.