Cervezas Aguaviva lanza su quinta cerveza, Cuécaro; de nuevo, hacen con el nombre un homenaje al vocabulario peculiar de esta localidad… al tiempo que consiguen describir la peculiaridad de cada bebida.

 

No son difíciles de encontrar; en algunos supermercados, en el lineal de cereales, hay unos envases en los que destaca el dibujo de un señor con un sombrero negro y pañuelo blanco al cuello. Junto a él, dos palabras en inglés: Quaker Oats. Quaker es marca y oats significa avena. Con el contenido se hace una papilla del cereal, cuyo sabor hace pensar que al menos debe ser muy buena para la digestión.

Ahora es más fácil encontrar los Quaker Oats y antes lo era… si vivías al lado de Gibraltar. Así llegó esta marca a La Línea, donde se consumía habitualmente. Se adoptaron los cereales y se adaptó el nombre, que pasó a ser, en el lenguaje coloquial de municipio, Cuécaro.

Era sólo cuestión de tiempo que Cuécaro acabara convirtiéndose también en el nombre de una cerveza. Y es que desde que Cervezas Aguaviva empezó su andadura, bautiza a todas sus creaciones con un nombre made in La Línea. Eso sí: la denominación siempre guarda relación con la principal característica de la cerveza. La Rolipó (termino derivado de la golosina LolliPop) es algo dulzona, la Focona (de Four Corners, cuatro esquinas) lleva cuatro lúpulos y cuatro tipos de maltas, la Liquirbá (de la barra de regaliz Liquorice Bar) contiene regaliz y la Ciro lleva syrup, una melaza gibraltareña utilizada en La Línea para hacer postres. Así que, como es lógico, la Cuécaro lleva copos de avena.

Explica Sergio Prado, socio de Aguaviva junto a David Onetto, que este ingrediente no aporta sabor ni aroma a esta cerveza IPA, pero sí una turbidez más pronunciada y una mayor retención de espuma, para que forme lo que en el mundillo cervecero se conoce como el «encaje de Bruselas», ese dibujo que la espuma va dejando en el vaso.

Desde Aguaviva piensan seguir desgranando el diccionario linense: advierten de que tienen toda una libreta con nombres apuntados que podrían «dar juego». Y es que al final, estas peculiares denominaciones no sólo sirven para bautizar las cervezas, sino también para inspirar a los cerveceros las nuevas fórmulas porque «una cosa lleva a la otra».

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